nav
Viernes 22 de Septiembre de 2017

Perseguía a familias evangélicas: “Le pegaba a la gente y ahora soy evangélico”

“Le pegaba a la gente pero me arrepentí y ahora soy evangélico”, dijo Manuel San Juan, durante décadas el perseguidor más radical de miles de familias protestantes de San Juan Chamula, luego de inaugurar un templo de su propiedad para divulgar su nueva fe por todos los parajes del municipio.

  • Iglesia    
  • 22 dic 2008   

¿Qué sientes con esta noticia?

“Yo era cabrón, le pegaba a la gente pero me arrepentí y ahora soy evangélico”, dijo Manuel San Juan, durante décadas el perseguidor más radical de miles de familias protestantes de San Juan Chamula, luego de inaugurar un templo de su propiedad para divulgar su nueva fe por todos los parajes del municipio.

“Maté un toro que costó 10 mil pesos para darles carne a todos”, afirmó en entrevista, después de la ceremonia a la que asistieron cientos de indígenas de varios municipios a la apertura del nuevo centro religioso.

Cuenta que cuando en 1995 abandonó “la costumbre” o la religión católica tradicional que entonces se practicaba mayoritariamente en San Juan Chamula, fue emboscado nueve veces por órdenes de los caciques. En las paredes de su casa aún están los agujeros de los 84 balazos que le dispararon, y milagrosamente nadie resultó herido.

Su nombre real es Manuel Pérez Gómez, pero dentro y fuera de Chamula es conocido como Manuel San Juan porque su padre, Mariano Pérez Ardilla, nació en San Juan, uno de los tres barrios de la cabecera municipal.

Desde la década de los 60 fue utilizado por los caciques chamulas y los grupos de poder políticos y económico para encabezar agresiones y trifulcas con el fin de destituir presidentes municipales, pues era considerado un “provocador profesional”, y para golpear y expulsar a quienes se convertían en evangélicos.

Es conocido en Estados Unidos y Europa porque su caso ha sido tomado como símbolo de conversión. Incluso en 1997 la empresa Armagedón, de Francisco del Toro, filmó en esta región una película Chamula, tierra de sangre, basada en su historia. Tiene 58 años y el pelo cano, no sabe leer ni escribir y con dificultad habla español, pero es un líder nato, cualidad que le reconocen muchos de sus paisanos.

Recuerda que cuando Agustín Portillo fue juez municipal, en 1966, empezó a expulsar evangélicos. “Mil 200 personas sacamos esa vez, cuando yo empezaba a cargar santos y a participar en las fiestas de la costumbre”.

Arrepentido, agrega: “Cuando yo gritaba: ‘¡vamos a sacar a los evangélicos!’, la gente respondía: ‘¡sí, vamos!’, y les pegábamos y los corríamos. ¡Vaya que no morí!”…

Pero no sólo era utilizado en asuntos religiosos. Recuerda que los caciques le decían: “No sirve el presidente (municipal), está robando mucho, hay que sacarlo”, para convencerlo de que organizara revueltas en su contra, y a cambio le daban cerveza para que se emborrachara.

Cuando Manuel iniciaba el zafarrancho para perseguir y golpear a quien fuera necesario o causar destrozos en la alcaldía, la multitud lo seguía a ciegas y muchos le temían. “Yo iba adelante con una bocina y las personas me seguían porque yo era cabrón, me gustaba golpear”, dice.

Entre las trifulcas que encabezó están las que concluyeron con la destitución de los alcaldes Salvador Sánchez y Lorenzo Pérez Jolote, y del primer regidor Manuel Hernández Gómez, quien después sería diputado local.

Recuerda que en 1993 algunos evangélicos, hasta entonces sus peores enemigos, empezaron a hablar con él para convencerlo de que se volviera protestante. En 1994 tuvo tres sueños en los que Juan Pérez, líder protestante al que había expulsado del municipio dos años antes, le dijo que tenía que “cambiarse de ropa”.

En 1995 cuenta que fue inevitable la ruptura con sus antiguos aliados. Hace dos años comenzó a construir junto a su casa un templo evangélico que le ha costado unos 120 mil pesos, una parte de los cuales se la mandaron sus hijos que trabajan en Estados Unidos, y últimamente el alcalde de Chamula, su amigo Domingo López González, le dio cinco toneladas de cemento para techar el templo, al que le falta repello, piso, puertas y ventanas.

“Este presidente está trabajando bien, es hijo de Dios, es católico y del PRI; lo invité a la inauguración, pero no vino”, dijo mientras hombres, mujeres y niños comían la carne del toro, preparada en caldo y con mucho repollo.

“Ahora ya tengo mi templo y voy a promover la religión evangélica porque el que no conoce a Dios toma trago, compra velas, busca curanderos y brujos”, manifestó.