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Miércoles 18 de Octubre de 2017

Ahora los evangélicos hasta tienen un templo dentro de una comisaría

Un bautismo de 23 presos dejó inaugurada ayer la iglesia en la seccional 2ª. Los propios reclusos refaccionaron el lugar de prédica. El comisario afirma que “cambia la convivencia”

  • Sociedad    
  • 25 may 2006   

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El avance evangélico en las comisarías de Rosario no se detiene y ayer uno de los cultos logró algo inédito: abrir su propio templo en una seccional. Con 23 internos esperando a ser bautizados (la mitad de los detenidos), la iglesia Redil de Cristo inauguró un salón que usará como templo dentro del penal de la comisaría 2ª (Paraguay al 1100). Además, fueron los propios presos conversos quienes revocaron y pintaron el lugar, que ahora luce un cartel identificatorio del culto.

El comisario de la 2ª, Sergio Coronel, no disimuló su satisfacción y hasta se arrogó parte del mérito. “Cuando me hice cargo de esta seccional, en noviembre pasado, traje al pastor que desde hace tres años viene trabajando conmigo en distintas comisarías, y creo que hoy estamos viendo un gran logro”, sorprendió el oficial.

Ante la pregunta de por qué tanta fe, Coronel fue contundente: “Porque cuando se convierten, los presos modifican abruptamente su conducta y con eso cambia la convivencia, entre ellos y con nosotros, adentro del penal”.

El proselitismo evangélico en los ámbitos carcelarios avanza a pasos agigantados. En Coronda y la Unidad 3 ya ocupan varios pabellones en exclusiva y cada vez más penales de comisarías en Rosario tienen mayoría de “hermanitos”.

Ahora se sumó la seccional 2ª. Según contó Coronel, sobre un total de 48 presos, 23 profesan esa fe. En cambio, según los propios internos, ya llegan a 27.

Sin embargo, lo que desde ayer distingue a la 2ª no es su cantidad de presos evangélicos, sino ser la única comisaría de Rosario que directamente tiene un templo dentro del sector destinado a penal. Se trata de un salón de 5 ó 6 metros por 3, recién revocado y pintado, con un ventilador de techo y la pared frontal cubierta por un lienzo que reza Iglesia Redil de Cristo sobre un mapamundi. Todo un símbolo de vocación evangelizadora.

Pero el templo ayer también mostraba una pileta destinada al bautismo por inmersión de 23 presos, un atril para que prediquen los pastores y varios banquitos que ocuparon mujeres, madres y esposas de los reclusos llegadas para participar de la ceremonia.

Para esas mujeres, la conversión de sus hijos y parejas representa la diferencia entre tener alguna o ninguna esperanza. Confían en que la nueva fe, que casi siempre comparten, los ayude a transitar el encierro y la libertad cuando salgan de prisión. Creen, sobre todo, que los apartará de la adicción (la referencia a la droga es recurrente) y de la “tentación”.

El gran cambio
Mientras llora incontenible, Laura, madre de un preso de 26 años, no deja de decir que su hijo “está muy cambiado” y que eso se nota incluso en el amor que ahora le expresa, mientras Marcela afirma que el suyo, de 23, “ya no se droga más”. Los testimonios se repiten, quizá porque traducen realidades similares, quizá porque de esos estereotipos depende en gran medida la propia eficacia de la conversión.

El discurso de los propios internos se acopla a ese código. Todos refieren a un pasado del que ahora reniegan y que incluye la droga, el delito, el pecado, la violencia y hasta la enfermedad (“Dios sana a la gente con VIH y a los que están espiritualmente enfermos”, afirma Martín, de 23 años y con varios tras las rejas). Pero también hablan de un futuro, que aunque no sea nítido ni luminoso al menos se ve como tal, pase lo que pase después.

Leandro Aguilera, un discípulo de la iglesia Redil de Cristo al que todos ayer nombraban como pastor, sostiene que “puede resultar algo difícil de entender que se inaugure un templo dentro de una seccional para quien no confía en lo que Dios puede hacer sobre las personas”.

Lo cierto es que, se crea o no en ese poder, los pastores logran tocar alguna cuerda del mundo carcelario y entrar en diálogo con él. Y eso ayuda con frecuencia a los presos, a sus familias y hasta a la propia policía. Por eso las palabras del comisario suenan tan sinceras.

“Es que cambia mucho la convivencia: mejora las relaciones entre ellos, el trato con nosotros y hasta con los bienes de la seccional, y también los ayuda cuando salen en libertad porque los contiene a ellos y sus familias”, asegura Coronel, encantado de los frutos que arrojó su propia convocatoria al pastor.

La Capital