nav
Viernes 22 de Septiembre de 2017

Juan Guerrero, pastor de la Iglesia Metodista en Colombia aborda un tema coyuntural: Las Farc

Juan Guerrero, pastor de la Iglesia Metodista en Colombia, aborda un tema coyuntural: el de la situación de crisis en la que se encuentran las Farc.

  • Sociedad    
  • 31 jul 2008   

¿Qué sientes con esta noticia?

Juan Guerrero, pastor de la Iglesia Metodista en Colombia, aborda un tema coyuntural: el de la situación de crisis en la que se encuentran las Farc. “Pido que nuestros generales se ocupen sí, de la guerra, pero que nuestro Presidente se dedique a hablar, con mayor generosidad, de paz y reconciliación”, dice el pastor en su interesante columna.

Las Farc apostaron todo a la guerra, y la perdieron. La revolución que plantearon, tipo revolución cubana, ya no es viable.

La revolución es inherente a una sociedad donde los pobres, los obreros y los campesinos tienen algo de conciencia de clase, pero en nuestras sociedades contemporáneas todo eso se ha perdido. Ahora vivimos en el anonimato de las ciudades. Bien se puede decir, que la revolución a la cual apostaron las Farc, es inherente a un tipo específico de sociedad, que en Colombia ya no existe.

Cuando nacieron las Farc, hace 60 años, nuestra sociedad era rural y mayoritariamente campesina. Eran otros tiempos. En aquel entonces Jorge Eliecer Gaitán, nuestro noble caudillo, se hizo famoso visibilizando la matanza de las bananeras. Presentó en el Congreso el cráneo de una víctima, de las muchas que fueron asesinadas para acallar sus luchas de clase y favorecer los intereses de las multinacionales y los terratenientes dueños del establecimiento.

Las matanzas continuaron. Los muertos siguen siendo mas o menos siendo los mismos; los intereses que defienden los victimarios son más o menos los mismos. Pero nuestra sociedad ha cambiado. Ya no nos informamos en la plaza pública, sino en el televisor. El consumo nos gobierna. Ahora somos más individualistas y solitarios, aunque estemos entre multitudes.

La técnica de la comunicación y de la propaganda logró vendernos la idea de un progreso individualista y egoísta. Idea de progreso que es útil al sistema, al establecimiento y a la defensa del estatus de los poderosos. -Esfuércese y trabaje duro, mijo, y verá que consigue plata— Nos dicen.

Puestas así las cosas, la susodicha revolución es imposible. La lucha que plantean las Farc es tan sólo un inútil baño de sangre. Si triunfaran, que es imposible, serían cooptados por fuerzas caóticas y habría que hacer una nueva revolución para librarnos de ellos.

Además la radicalización y polarización de la guerra lleva a que se usen métodos infames e inaceptables. El secuestro, el reclutamiento forzado, adoctrinamiento de menores para la guerra y la financiación mediante el narcotráfico ha envilecido a los líderes guerrilleros. Sus ideales ya no son creíbles.

Jamás el fin justificará los medios. El fin son los medios… Bueno, la revolución no es posible. Habría que lograr los mismos cambios planteados por los revolucionarios de antaño, con otros medios.

El capitalismo neoliberal no es solución. El populismo y el clientelismo son técnicas que entre nosotros también han ayudado al propósito de lograr gobernabilidad y evitar revueltas. Estas técnicas y otras funcionan, pero el problema es que siempre la técnica estará al servicio del poder, esto decía ese gran pensador y buen hombre de Dios llamado Jacques Ellul.

Nuestra sociedad sigue siendo inequitativa e injusta, pero la revolución ya no es posible. ¿Qué hacer? Yo le apuesto todo a la construcción del hombre nuevo, no en los términos que planteaba el Che Guevara, sino en términos puramente cristianos y pacifistas.

Yo le apuesto a un cambio espiritual. Una conversión interna y radical. Una vía almada –Con el alma– como decía Augusto Libreros, un cristiano de esta tierra que ya partió con el Señor. Hay que volvernos al “corazón” y al amor que se expresa en solidaridad. Esto lo aprendí de Jesús Nazareno, el unigénito de Dios.

Y mientras tanto, ¿Qué hacer con esta guerra que vive Colombia? Pienso que hay que tenderle la mano a las Farc. Están sin opciones. A guerrilleros que llevan más de cuarenta años luchando en el monte, no les es fácil entregar las armas y abandonar sus luchas así no mas. Se equivocaron, le apostaron todo y perdieron. Llegó el momento de tenderles puentes de reconciliación. Pero, ¿Seremos capaces de hacerlo?

La guerra, esa borrachera colectiva –Como decía Octavio Paz–, sigue interesando a muchos. René Girard, antropólogo de la religión, decía que la guerra está fundada en un principio profundamente religioso, la religión más antigua e idólatra, la del chivo expiatorio.

“Ubicamos una víctima, fomentamos la ilusión de su culpabilidad y así permitimos la salida de toda clase de tensiones colectivas: Este es el principio sobre el cual se fundan todas nuestras sociedades modernas” –Decía Girard–.

Nos ubicamos un enemigo: Las Farc. Lo deshumanizamos en nuestras propias mentes. Lo vaciamos de toda bondad y coherencia. Sólo nos fijamos en sus rasgos negativos, y así justificamos su aniquilamiento. Luego decimos, la paz y la tranquilidad sólo sobrevendrán cuando el malo sea aniquilado. Los demás problemas no existen, sólo importa la guerra. La guerra es una tragedia. Esta borrachera colectiva no es mi religión.

Cristo habla de tener misericordia, de buscar la paz. Dijo el Señor: Bienaventurados los que buscan la paz, porque serán llamados hijos de Dios. A la guerrilla hay que continuar confrontándola en el campo militar, pues el Estado no en vano porta la espada, como dice San Pablo. Pero también hay que tenderles puentes de reconciliación y ofrecerles una paz generosa, una salida al conflicto.

¿Qué pido? Pido que nuestros generales se ocupen sí, de la guerra, pero que nuestro presidente se dedique a hablar, con mayor generosidad, de paz y reconciliación.

El tiempo