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Viernes 15 de Diciembre de 2017

Jóvenes se ganan la vida entre evangelio y hip hop

Adolescentes suelen subirse a los buses de servicio urbano, acompañados de grabadoras y difunden el evangelio con sus canciones compuestas en rima con algunos aditamentos como el ‘beat’ y la pista.

  • Sociedad    
  • 26 mar 2009   

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Pocas iglesias cristianas acogen en la actualidad a los hip hopperos urbanos, cuyas edades oscilan desde los 14 hasta los 20 años. Estos chicos suelen subirse a los buses de servicio urbano, acompañados de grabadoras y difunden el evangelio con sus canciones compuestas en rima con algunos aditamentos como el ‘beat’ y la pista.

También les gusta hablar sobre sus experiencias de vida; y, aunque no se consideran unos predicadores, mantienen un discurso reivindicativo que fomenta la unidad familiar y el no consumo del alcohol y drogas.

Un intento fallido de asistencialismo ocurrió hace cinco meses al interior de la Iglesia Pentecostal Unida (calle Montúfar y Chile). Nelson, trabajador de este centro religioso, cuenta que, hace un año, conoció a tres muchachos provenientes de Limones (Esmeraldas).

Al verse solos en Quito, “nuestro pastor quiso ayudarlos y les ofreció un albergue a cambio de que se vayan insertando en la comunidad cristiana”. Si bien al principio los muchachos se mostraron entusiasmados con el ofrecimiento, poco a poco perdieron el interés. Además, tuvieron que desocupar el inmueble, porque lo estaban deteriorando. Esa actitud –cuenta- desilusionó mucho al pastor.

Gustavo Robalino, coordinador del grupo de jóvenes de la Fundación Remar, dice que estos muchachos acuden a una iglesia cristiana del Comité del Pueblo, al norte de Quito. Enfatiza que estas personas (que no pasan de una treintena en la capital) no son chicos de la calle, “pertenecen a este tipo de iglesias cristianas, e incluso recibí la invitación de uno de ellos, pero no pude ir”.

Sin embargo, le parece interesante esta labor de evangelización, porque “a pesar de que emplean un ritmo mundano, como también lo es el reggaeton, con mensajes superfluos; ellos, en cambio, se sirven de eso para llegar a la gente con un contenido positivo”.

Alguien que pertenece a este grupo urbano es Leonel Cordero, de 18 años. Vive en Pomasqui (noroccidente de Quito) y comenta que su afición nació a raíz de su permanencia en un centro de rehabilitación cristiano por consumo de drogas. “Fue en ese lugar donde aprendí la palabra de Dios y es él quien me da la inspiración para sacar (componer) mis canciones”.

Leonel canta desde que tenía 10 años y, a más del hip- hop, también siente afición por el reggaeton. “Por ahí, me gusta cambiar las palabras a las canciones y hago fonomímica”.

Sostiene que no son más de 20 amigos los que se dedican a esta actividad y en gran parte son afroecuatorianos provenientes de Esmeraldas, Guayaquil y Machala. Actualmente, muchos residen en Calderón, la Mitad del Mundo y Solanda.

No obstante, reconoce que ya no acude con frecuencia a los templos cristianos, debido a su necesidad por conseguir dinero para mantener a su familia. Por eso, en los buses también vende chocolates y trabaja de 08:00 a 19:00, obteniendo de 15 a 20 dólares diarios.

Asimismo, no se angustia por la falta de un empleo estable, dice que seguirá trabajando sin meterle la mano en el bolsillo a nadie, y ofrece un estribillo como demostración de que aún no ha olvidado sus dotes de “artista” callejero, como se autodenomina: “Hermano, usted que dice ser cristiano cuando ves un vagabundo ¿por qué no das la mano?/le dices de lejitos Dios te bendiga, pero no sacas ni un pesito pa’ llenarle la barriga/Mira, que te están mirando desde arriba, el evangelio no se trata de tirar saliva, tienes que darle vida y un buen abrazo al que esté muriendo de Sida”.