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Sábado 21 de Octubre de 2017

Se conocen mas historias de la biblia a través del cine no por sus posibles lecturas

Después de más de un siglo de historia, el cine ha hecho aportes sobre todos los grandes temas de la humanidad, y especialmente sobre la historia bíblica. Tanto es así que la mayoría de gente sabe más de ella por el cine que por sus posibles lecturas.

  • Cultura    
  • 12 sep 2007   

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Los que hemos nacido entre gente de fe hemos podido comprobar que lo más indicativo de dios es su ausencia. Personas que eran dadas a decir ante una negación aceptable, “Es como decir que no hay Dios”, y a este Dios se le confiaba todo, en los momentos de mayor tragedia –esa guerra que también se hizo en nombre de Dios-, no podían por menos que preguntarse: “Pero, ¿dónde está Dios?”. Hacía ya mucho, mucho tiempo que Yhavé no se aparecía a nadie aunque casi todos hemos tenido un vecino que jura que él si lo ha visto.

Sin embargo, parece como si la ausencia lo hiciera más necesario. De ahí que un superviviente de los campos de exterminios pudiera explicar que mientras más horror veía más pensaba que Dios no podía existir, pero mientras más sufría más lo necesitaba.
Las mismas dudas y contradicciones que atraviesa también a algunos de los numerosos personajes de la Biblia antigua.

Personajes para los que la vida es algo sin medida, como Eva que quiere ser algo más que la costilla de Adán, como aquel pobre agricultor llamado Caín cuyas ofrendas eran caprichosamente despreciadas por Dios y que mató a su hermano sin coartadas divinas; como aquellos poderosos que en su soberbia querían llegar al cielo a través de la torre de Babel; como los que asisten al final enigmático de Sodoma y Gomorra, y presencian la tentación tan natural de la mujer de Lot, convertida en estatua de sal, personajes cuyas vicisitudes como la de aquel anciano y patético Lot, emborrachado por sus hijas para poder yacer con él y quedar preñadas y que no se pueden contar ni en los cines del siglo XX porque se nos quiere ofrecer una versión “Light” del Libro.

Una historia de historias que nos hablan de las pequeñas miserias de Noé abocado a superar en cuanto a navío descomunal al Titanic para salvar unas especies muchas de las cuales ya han sido extinguidas por las leyes del mercado, el espeluznante episodio de Abrahán, al que “Dios quiso probar” ordenándole que sacrificara a su hijo Isaac, un muchacho de unos doce años, como ofrenda de suprema fe, pero que al final oyó una voz que le dijo que con la intención bastaba, ese Sansón engañado por la mujer que más quería, esos reyes que representaron la mayor gloria del Israel como Estado, y como no, el Éxodo que explica como Yhavé era más poderosos que todos los dioses de Egipto…

Unos personajes que todavía nos seducen, un pueblo elegido con una historia nacional bendecida por Dios, un legado literario admirable que ha servido de fuente para toda clase de novelas, todo un universo en el que el cine encontró una base argumental ampliamente popular y sobre la cual ha proyectado una extensa y desigual filmografía (en su mayor parte norteamericana, y en menor, italiana), y obviamente mucho más abierta que las que corresponde al Hijo, sobre todo porque en nombre de éste se ha creado la Iglesia, mejor dicho, numerosas iglesias…

Cuando se abordaba el Antiguo Testamente, se trataba de enfocar los prodigios de Yhavé como materia de primera magnitud para montar espectaculares efectos especiales que, al cabo de los años, se fueron perfeccionando, aunque ya en los años veinte películas como Ben-Hur, Los diez mandamientos o El Arca de Noé, ya habían demostrado que el cine podía llegar mucho más lejos que el teatro que a finales del siglo XIX ya efectuaba montajes abracadantes, por ejemplo con un Ben-Hur con carrera de cuadrigas incluidas.

En el Antiguo Testamento pues, las reglas eran más abierta, las motivaciones de profetas, jueces o reyes, resultaba mucho más dispares, y no requerían de una ortodoxia tan estricta con la católica. Además, tal como se desprendía del propio texto bíblico, la virtud se imponía en una lucha muy difícil contra el pecado. De manera que pronto productores y realizadores encontraron una coartada perfecta. Así ocurrió que, el más pródigo y capacitado del colosal bíblico, Cecil B. DeMille, vio una puerta abierta para el gran espectáculo, pero también para sus propias obsesiones que, como todo el mundo sabe, tenían color verde; él como Hitchcock se “ponía ciego” con sus heroínas. En sus películas la victoria del bien sobre el pecado era una lucha titánica porque el pecado era diabólicamente atractivo. De hecho no se inventaba nada. Además, hasta el público más piadoso disfrutó de lo lindo viendo a Claudette Colbert como Popea, bañándose en leche de burra, o a Hedy Lamarr con sus hermosos pies semidescalzos…Esta ambivalencia quedaba registrada perfectamente en los carteles que animaban a las masas a llenar las salas.

Aunque estas evocaciones bíblicas nacen con el cine, no será hasta Griffith que alcanzará su auténtica categoría de cine, luego conocerá un importante apogeo en los años veinte con la fórmula de historias paralelas modernas y antiguas, para resurgir potentemente con el color, y los sistemas de VistaVisión, Cinemascope, desde finales de los años cuarenta hasta la mitad de los años sesenta. Se trata sin duda de un cine popular importante que, en algunos casos cuentan con su página de oro en la historia del cine, y que resultó inexcusable en la educación sentimental y (seudo)religiosa de varias generaciones sobre todo en sus épocas más activas y atractivas. Su influencia en el imaginario colectivo está fuera de toda duda, y se puede decir que su contribución al refuerzo de las tradiciones conservadoras no fue en absoluto desdeñable. El “peplum” religioso pues fue un reflejo de su tiempo, y un medio de agitación, no hay más que ver a Cecil B. DeMille haciendo la presentación del dilema entre la democracia de una lado y el fascismo y el comunismo por otro como actualización del dilema de Éxodo, un dilema sobre el que la investigación arqueológica tiene hoy tanto que contradecir esa visión bíblica made in Hollywood que hace que un pastor con su cayado derrote al más poderoso faraón de la historia.

Cuando llegan al cine, las historias bíblicas que se quieren representar responden también a unas ciertas exigencias, la primera de las cuales es, claro esta, la de los productores.

Para éstos, estos gozan de una serie de ventajas indiscutibles. De entrada se encuentran con un verdadero “best-seller” por el que no tienen que pagar derechos. La experiencia del teatro, así como las primeras películas históricas “edificantes” como el Ben-Hur (1899), representa un negocio redondo. El público muestra una poderosa atracción por el exotismo histórico y por los mitos religiosos y culturales. Los productores tampoco tardan en descubrir un añadido a estos atractivos, a saber que con el pretexto de presentar el pecado o personajes pecaminosos en historias “dignas y edificantes”, la censura se muestra mucho más razonable. Por parte de la Iglesia, el interés es complementario. La muy poderosa Iglesia romana se percibe que gracias al nuevo invento, puede llegar a un público tentado por el “diablo” o sea por las ideas radicales y librepensadoras.

Se puede decir que no existe un cine bíblico, sino un cine que evoca más o menos canónicamente las fuentes más populares del Libro de Libros. No pretende ser una ilustración, sino aprovechar un material que produzca un beneficio y que pueda ser bendecida por las Iglesias que vigilan toda posible trasgresión de sus libros sagrados. Los escritores, guionistas y directores que lo trataron, tuvieron siempre un problema de enfoque ya que se trataba de maravillas literarias escritas para un presente ya perdido en el tiempo. Para que parecieran historias de “primera página de todos los diarios” como pretendía DeMille, tenían que ajustarlas como ajusta Charlot su maleta de viaje: cortando todo lo que le sobraba. Querían hacer una película, y también aquí DeMille lo explica bien, al público le interesa la acción y el significado, no las fechas. Pero es que además, las fechas apenas si existían, en La Biblia los hechos y las leyendas se confunden, algo que el cine entiende como se proclama genialmente en El hombre que mató a Liberty Valance (John Ford, 1962). Tampoco el arte y la literatura que ha tratado de adaptar La Biblia fue muy exigente históricamente, podían ser estrechos en su enfoque. Todavía es más lo que ignora que lo que sabe, además lo que se sabe no resulta “correcto”. Cada vez está más claro que el Génesis no es más que poesía, que la historia de Moisés forma parte más de la leyenda que de la historia, o que el rey David no fue precisamente un modelo de virtudes.

El llamado cine bíblico únicamente podía evocar libremente La Biblia a su manera. Tenía que “peinarla” y, por ejemplo, describir a Salomón como un virtuoso que se resiste a la reina de Saba sobre la imaginación sustituía todo lo que no precisaba el Libro. No podía preguntarse nada sobre la hipotética sabiduría de sus aventurados juicios. Su mandato era presentar al público “historias cristianas ejemplares” hechas a “la mayor gloria de Dios” y por lo tanto de sus representantes consagrados. La Biblia es un libro para creer, pero no para pensar; pensar significa cuanto menos dudar de todo. Se trata de un libro escrito en diversos tiempos, a veces mucho después de los hechos narrados, y muchas veces adecuado a lo que se quería que fuese la verdad, de manera que la historia y la arqueología le están haciendo un flaco favor. Se dice que a pesar de la violencia y de los horrores, en su conjunto prevalece un mensaje humanista. Eso no está tan claro.

Cierto que existe en esta historia sagrada un mensaje humanista y utópico, no hay que olvidar que se atribuye al pueblo judío la “invención” de la conciencia, sobre todo de la “social”. Los profetas claman contra los poderosos cuando estos se ponen de espaldas al pueblo, y de Dios, Jesús fue bastante explícito. Cierto que esta “conciencia” también existía en otros pueblos, incluyendo los egipcios, los filisteos o los babilonios que en el libro Sagrado aparecen como más “malos”. Fue un cine hecho, no hay que olvidarlo, a favor de uno de los imperios dominantes, producido en la auténtica Babilonia de nuestros días, o sea Hollywood. Para la gente que hipócritamente o de buena fe, creía que la Biblia era un libro para leerlo de rodillas, este cine funcionó a la perfección, al menos durante varias décadas. Concretamente, hasta los años sesenta, luego ya nada fue igual.

Actualmente, su lugar en la historia del cine no está –ni mucho menos- en consonancia con el alcance de su influencia social, y esto se debe ante todo a que, salvo excepciones, fue un cine de encargo, realizado normalmente sin convicción, y sobre el que pesaba una reglamentación muy estricta, si bien las historias del Antiguo Testamento estaban mucho menos sujetas a las reglas canónicas que las referidas al Nuevo. Por todo ello parece claro que no se puede hablar en rigor de un cine bíblico, como tampoco se puede hablar de una pintura o una literatura bíblica sino que es más justo hablar de una adopción parcial y estrechamente pactada en la que quedaba fuera de campo todo lo que se consideraba “incorrecto” por más que La Biblia diera testimonio de ello.

La Biblia se considera como el Libro por excelencia. La historia “revelada” de los hebreos, al que se considera un pueblo semita oriundo de la Baja Mesopotamia que alrededor del II Milenio a. C, emigró hacia las tierras de Canaán (actual Israel). Se cree que “los hebreos estuvieron estrechamente vinculados a los hicsos, y que al menos algunos de ellos se infiltraron a Egipto durante la amplia migración de pueblos en aquel período se desarrollaba en todo Oriente Medio. No obstante, resulta muy difícil determinar las fechas de su entrada en le valle del Nilo y su éxodo posterior. Su llegada parece que debió coincidir con la ocupación de los hicsos, ya que únicamente en esa época podrían haber sido muy bien acogidos, como indica la historia de José –sí aceptamos su historicidad–, y haber gozado de la hospitalidad del país.
Parece pues, que la mudanza de su fortuna bajo “un faraón que nada sabía de José” a que alude el primer capítulo del libro del Éxodo se produjo cuando la invasión de los hicsos llegó a su término hacia 1570 a.C. Pero la mención de las ciudades de depósitos Pitom y Ramsés como edificadas por los hebreos esclavizados (Ex. 1 11) ha inducido a algunos eruditos a creer que su opresor sería Ramsés II (c. 1300-1224 a.C.) y no Ahmés I, el autor de la expulsión de los hicsos. Se ha sugerido, en consecuencia que la huida que conocemos con el nombre de Éxodo tuvo lugar después de acceder al trono el sucesor de Ramsés II, Menepthah (c. 1223-1215), quienes según sabemos por una estela descubierta en Tebas en 1896, tuvo que sofocar revueltas en Palestina. Después de la II Guerra Mundial, el profesor Garstang llevó a cabo extensas excavaciones en Jericó, de las cuales dedujo que la ciudad había sido destruida en la segunda mitad de la Edad del Bronce tardía, hacia 1.400 a.C. (E.O. James, Historia de las religiones, Altaya, BCN, 1997, p. 60).

En las historias idealizadas del judaísmo, el Antiguo Testamento es presentado como la expresión incuestionable de la religión monoteísta más antigua de la historia, la primera en diferenciarse de las politeístas y del paganismo, en las que se podían adorar a muchos dioses. El Antiguo Testamento sería, por lo tanto, un testimonio dictado por Dios a un pueblo que, por primera vez el devenir humano creyeron en un Dios único. Esta fe transmitida de generación en generación se fundamenta en la relación que se establece entre Dios y el pueblo elegido, una relación legitimada por la Alianza. Así pues, Israel (=el que lucha con Dios) fue un pueblo con un destino manifiesto, un pequeño pueblo en medio de otras civilizaciones más potentes, y que se escudó adoptó por ello en un Dios muy grande.

En todo esto hay algo constatable, a saber, que mientras los poderosos imperios que en su día atentaron y/p amenazaron la continuidad de Israel son hoy objetos privilegiados de la arqueología, la mayor parte de la civilización, o sea las naciones con mayorías católicas, protestantes, mosaicas, o islámicas, proceden de esta misma matriz, y marcan, a veces de una manera totalmente determinante su vida pública y privada. Incluso el ideal del socialismo se ha explicado a veces en clave de “tierra prometida”.

Se afirma que fue a través de esta alianza, que Abraham promete fidelidad para crear su pueblo, y que luego Moisés establece una Ley fundamental que, al cabo de los siglos, será el “patrón” de las sucesivas “cartas” de derechos. No obstante, su aplicación siempre será discutida, y su sentido máximo, más allá de sus avatares y contingencias, será la creación de “la conciencia”, algo con lo que a veces se enaltece (cuando se trata de superar los conformismos), y a veces coacciones (a no transgredir lo escrito). De hecho, Yhavé sería la “conciencia” de Israel, una conciencia que muchas veces habló (mientras se redactaba dicho Testamento, al decir de la ortodoxia, dictada por Dios) a través de los profetas más inconformistas, que clamaban al cielo porque entendían que su pueblo se había postrado ante los poderes terrenales, y había vuelto la espalda a su Alianza. En este largo trayecto, a Abraham le corresponde una ruptura con las idolatrías, y a Moisés, una ruptura con el esclavismo, Israel nunca más aceptaría la esclavitud, y ocuparía y defendería su “tierra prometida” (que Josué conquistó deteniendo el sol, como supo bien Galileo).

Algo de la fuerza de esta alianza nos la ofrece un filósofo judío que sobrevivió al Holocausto. Declaró que mientras más claramente comprobaba que Dios no podía existir, tanto más lo necesitaba, una paradoja que supone una variación de la “boutade” de Buñuel que decía que era ateo gracias a Dios. Esto quizás explique que, durante siglos, el Antiguo Testamento fue el único “asiento” o asidero, para mantener la idea de un pueblo-nación a lo largo del cautiverio en Babilonia, y después con la diáspora, el nexo que los mantuvo unido aunque fuese un pueblo disperso a través de todos los continente, y a los que ligaba una religión –incluso en su rechazo–, una historia, y unas determina cois, la sabiduría en el comercio.

Esta necesidad de la tradición religiosa no excluye, por supuesto, que la Biblia sea “antes que un libro santo, es una recopilación de las tradiciones nacionales tal como han sido conservadas e interpretadas por pensadores religiosos” (Gordon Childe). Desde el siglo XVIII se sabe que sus mitos y leyendas son profundamente deudores de otras civilizaciones. Concretamente de aquellas que en su tiempo conocieron un desarrollo cultural netamente superior al del pueblo hebreo, de manera que hoy resulta patente que la Biblia no se puede explicar sin el recurso de mitos y leyendas sumerias, mesopotámicas y no digamos, las egipcias. Es más, está comprobado, primero, que el monoteísmo conoció una implantación el antiguo Egipto con Akhenatón, y segundo, que el politeísmo siguió teniendo una presencia hasta los tiempos de David. Al igual que ha ocurrido con toda la historia, la de la Biblia ha sido sometida desde la Ilustración a una investigación cada más exhaustiva, y nuestra época, ya nada puede resultar un mero acto de fe.

Actualmente, incluso la propia conformación de Israel como “pueblo” está sujeta a dos consideraciones opuestas, a la ortodoxa que trata que orienta el conocimiento histórico como un “prólogo” que justificaría a la postre la conformación del Estado de Israel como expresión del deseo divino, y la crítica que se va cuestionando cada uno de las premisas religiosas, separando lo mítico de lo real. En esta concepción, Israel no es el “pueblo elegido” sino la gente que lo ha habitado, con sus propias interpretaciones religiosas, y la historia bíblica como un documento histórico sujeto a interpretaciones muy variadas, y a veces contradictoria con el propio texto sagrado, así, por citar un ejemplo, alguien tan paradigmático como David no aparece para la historiografía moderna como el rey Arturo de Israel, sino como alguien que mató a mucha gente menos a Goliat. Algo por el estilo se ha dicho de otros personajes legendarios, de Ulises sin ir más lejos, por no hablar de héroes modernos, por ejemplo Churchill que tanto admiraba la Biblia no tuvo piedad con los pueblos colonizados por Gran Bretaña. La Biblia pues es un libro histórico, y cualquiera de sus capítulos están sujetos a reinterpretaciones.

Pero además, algunas de sus reglas de oro no fueron idea original de Dios. Algunos de sus preceptos como la división entre el valle de lágrimas y la resurrección después de la muerte, o las reglas que predicaban el castigo o el premio, por no hablar de las madres vírgenes de los elegidos -como la de Sansón, la Juan el Bautista-, y un largo etcétera, cuentan con un extensa huella en civilizaciones y religiones como la zoroástrica, o la egipcia que se prolongó por cuatro milenios, y que dejó impregnado de su cultura yodo el mundo antiguo. Hoy se sabe que desde Abraham hasta José y de éste a Moisés, fueron deslumbrados por sus riquezas, sus costumbres y su imaginario religioso. Por otro lado, una lectura crítica de la Biblia constata la existencia de versiones diferentes, de primordialmente la Yhavista o más primitiva, y la “sacerdotal” mucho más teológica, y las dos están sujetas de diferentes interpretaciones.

Nada de esto contradice el hecho de que se trate de una de las maravillas del legado antiguo, ni que en algunos de sus momentos fuese la base para las revoluciones que atraviesan el período de la Reforma, y que muchas de sus lecturas pueden tener todavía un valor, o incluso una vigencia. De hecho, la lectura de la Biblia fue a la Reforma lo que la antigua Grecia fue al Renacimiento. Su lectura abierta contribuyó de una manera excepcional en la conformación del ideario democrático que acabaron destronando monarquías e imponiendo las vías democráticas en naciones que se colocaron en la delantera del mundo en los siglos XVII (Gran Bretaña, Holanda, Alemania), y XVIII (Estados Unidos). Esto explica el potencial que hemos mencionado.

Por otro lado, con la Biblia tendrá lugar el nacimiento de lo que se ha venido a llamar la “historia teológica”, una concepción, la del “pueblo elegido” que en su día fue vital para la cohesión de los hebreos, que tuvo la virtud de “armar” al pueblo hebreo con un instrumento determinante para su cohesión e impulso, pues: “La suerte de Israel, de sus jueces y de sus reyes, es obra de Jehová, que interviene milagrosamente para salvar o para castigar, y que permanentemente guía y dirige. Pero ahora su intervención se relaciona con los actos del pueblo y de sus gobernantes. Cuando Israel “idolatra falsos dioses”, la derrota militar y la opresión representan la ejecución del justo juicio de Jehová. Jehú, el regicida, no es sino el agente de la divina sentencia pronunciada contra Aheb y Jezabel a causa de las transgresiones de éstos contra la Ley. Pues la voluntad de Jehová se ha revelado por intermedio de Moisés y de los profetas. Dios no dispensa arbitrariamente sus recompensas y castigos, sino de acuerdo con la Alianza y con la ley proclamada” (Gordon Childe).

Ante semejante legado, el cine, como antes la literatura, la pintura o el teatro, no tardó en advertir las ventajes de películas bíblicas. Los productores descubrieron que muchos de sus capítulos contenían un auténtico filón argumenta, además gratuito. No en vano se trataba de un “best seller” perpetuo por el que no tenían que pagar derechos (un grave problema como pronto dejó claro la adaptación de Ben-Hur). Al comprobar las posibilidades de éxito, supieron que el principal problema pasaba por establecer una alianza con las autoridades civiles, y sobre todo eclesiásticas, éstas últimas muy influyentes en dos países amantes del “peplum”: Italia y los Estados Unidos. También aprendieron que las ortodoxias no eran tan estrictas en el Antiguo Testamento como en el primero, donde tropezaban con la Iglesia católica, muy consciente desde el principios de las ventajas que ofrecía el cinematógrafo para llegar donde ya no llegaban los púlpitos.

Hoy todo el cine bíblico ha quedado reducido a las miniseries televisivas que no tienen, ni de lejos, el impacto que tuvo el gran cine, aquel que nos dejaba petrificado en las butacas, y que en muchos casos, veíamos una y otra vez. Están además las ediciones en DVD de los clásicos, y como suele insistir cuando hablo de cine, se trata de un medio que brinda la oportunidad del forum, un medio de debate participativo que convendrían reiventar.

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