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¿Qué significa “atar y desatar” según la Biblia?

No es raro oír en algunas iglesias frases como “desato prosperidad para ti”, o “ato todo espíritu de mal en este lugar”. Incluso hay quienes “atan al diablo” para que no les haga daño.

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Tal vez Mateo 16:19 es uno de los versos bíblicos más abusados hoy: “Yo te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que ates en la tierra, será atado en los cielos; y lo que desates en la tierra, será desatado en los cielos”.

Muchas personas creen que, con estas palabras de Jesús a Pedro como base, y por extensión a los apóstoles y a todos los demás creyentes, podemos “desatar” bendiciones para nuestras vidas y “atar” toda maldición o espíritu malo que venga contra nosotros.

No es raro oír en algunas iglesias frases como “desato prosperidad para ti”, o “ato todo espíritu de mal en este lugar”. Incluso hay quienes “atan al diablo” para que no les haga daño.

¿Es esa la aplicación correcta del pasaje? ¿A qué se refiere la Biblia por atar y desatar?

UNA AUTORIDAD DADA POR JESÚS

Para entender este versículo, primero notemos esto: Jesús dice estas palabras luego de que Pedro, representando a los doce apóstoles, confesara por revelación de Dios que Jesús es el Cristo (v. 15-17).

Como afirma el pastor y exégeta John MacArthur, en sintonía con otros estudiosos, las llaves del reino de los cielos “representan autoridad, y aquí Cristo da a Pedro (y por extensión a todos los otros creyentes) la autoridad para declarar lo que era atado o desatado en el cielo”.

El erudito William Hendricksen está de acuerdo. Él escribe que “el que ‘tiene las llaves’ (ver Ap. 1:18; 3:7) del reino de los cielos determina quién debe ser admitido y a quién se debe negar la admisión”.] Por otro lado, como bien comenta Jonathan Leeman,

“Algunos estudiosos bíblicos hablan acerca de atar y desatar como una actividad judicial o rabínica. Por ejemplo, el rabino decidía cuándo aplicar la ley a una persona en particular y bajo qué circunstancias. Básicamente, Jesús otorgó a los apóstoles esta clase de autoridad: la autoridad de colocarse frente a un confesante, considerar su confesión, considerar su vida y emitir un juicio oficial en nombre del cielo”.

De manera que en Mateo 16:19 hay algo sorprendente: Jesús habla en representación del cielo, le dice a Pedro que su confesión vino del Padre que está en los cielos, y les da autorización a los apóstoles para también representar a Dios en la tierra, atando y desatando aquí lo atado y desatado en el cielo.

En otras palabras, los apóstoles tendrían autoridad para juzgar en la tierra quién debía ser reconocido dentro del Reino de Dios y quién no. De hecho, esta autoridad se menciona otra vez en Juan 20:23, cuando Jesús les dice a los apóstoles: “A quienes perdonen los pecados, éstos les son perdonados; a quienes retengan los pecados, éstos les son retenidos”.

Si somos protestantes, esto puede sonar problemático a primera vista. Nosotros creemos que solo Dios puede perdonar nuestro pecado. No es de extrañar que la Iglesia católica romana use pasajes como estos para justificar algunas de sus enseñanzas sobre la autoridad de ella y el papado. Entonces, ¿cómo entender esto correctamente?

COMPRENDIENDO MEJOR EL PASAJE

La autoridad que Jesús dio a sus apóstoles en Mateo 16 debe entenderse según Mateo 18. En este pasaje vemos cómo se aplica esta autoridad. Allí, Cristo da instrucciones no solo a los doce, sino también a las iglesias locales sobre cómo lidiar con el pecado en la iglesia:

“Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas; si te escucha, has ganado a tu hermano. Pero si no te escucha, lleva contigo a uno o a dos más, para que toda palabra sea confirmada por boca de dos o tres testigos. Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia; y si también rehúsa escuchar a la iglesia, sea para ti como el Gentil (el pagano) y el recaudador de impuestos. En verdad les digo, que todo lo que ustedes aten en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desaten en la tierra, será desatado en el cielo”, Mateo 18:15-18 (énfasis añadido).

Esto nos enseña que la iglesia local tiene autoridad para declarar si alguien debe ser considerado como creyente o no (y por tanto miembro de ella o no), dependiendo de lo que diga la Biblia sobre el estado de esa persona, y dependiendo de si la profesión de fe de la persona es creíble. Por ejemplo, alguien que no se arrepiente de su pecado cuando se le aplica el proceso descrito en Mateo 18 deja de tener una profesión de fe creíble según la Palabra.

Como dice MacArthur:

“La suma de todo esto significa que cualquier cuerpo de creyentes debidamente constituido, actuando de acuerdo con la Palabra de Dios, tiene la autoridad para declarar si alguien es perdonado o no perdonado. La autoridad de la iglesia no es determinar estas cosas, sino declarar el juicio del cielo basado en los principios de la Palabra. Cuando hacen tales juicios sobre la base de la Palabra de Dios, pueden estar seguros de que el cielo está de acuerdo. En otras palabras, todo lo que ‘atan’ o ‘sueltan’ en la tierra ya está ‘atado’ o ‘desatado’ en el cielo. Cuando la iglesia dice que la persona que no se arrepiente está atada al pecado, la iglesia dice lo que Dios dice acerca de esa persona. Cuando la iglesia reconoce que una persona arrepentida ha sido liberada de ese pecado, Dios está de acuerdo”.

Una interpretación errada de algún pasaje bíblico puede conducirnos a confusiones, y dejarnos sin entender y obedecer lo que Dios nos dice.

El siguiente ejemplo puede ayudarnos a entender mejor este asunto.

Supongamos que eres colombiano y extravías tu pasaporte mientras estás en otro país. Vas a una embajada de tu nación, explicas tu caso, y ellos hacen su trabajo y concluyen que eres colombiano. Entonces la embajada te da un nuevo pasaporte. La embajada, entonces, no te hace colombiano. ¡Ya eras colombiano! Simplemente te reconoce como uno y testifica eso ante el mundo.

De igual manera, la iglesia local no te hace cristiano ni puede convertirte en uno. Pero tiene autoridad para reconocerte o no como tal. Ella puede decidir si tratarte o no como ciudadano del Reino de Dios según la Biblia. Se trata de una autoridad que ningún cristiano tiene por sí solo, y que está relacionada al tema de la membresía y disciplina de la iglesia.

Por supuesto, la iglesia no es perfecta, y a veces erramos en el ejercicio esta autoridad. En ocasiones, por ejemplo, podemos no reconocer como creyente a alguien que sí debería ser reconocido como tal. Por eso necesitamos buscar ser bíblicos en todo, de manera que los juicios que emitamos estén conformes a lo que Dios declara en el cielo.

HERMANOS, USEMOS BIEN LA PALABRA

Como puedes ver, hay un abismo enorme entre la interpretación más común que se enseña en muchas iglesias sobre lo que significa atar y desatar, y lo que la Biblia en verdad enseña.

Mateo 16:19 es un texto que nos ayuda a tener un entendimiento de la iglesia más bíblico. Nos habla de la autoridad que tenemos como creyentes para recibir en el nombre de Jesús a otros creyentes en el evangelio, y para dejar de reconocer como creyentes a quienes se aparten de la verdad y no se arrepientan conforme a la Biblia.

Sin embargo, una interpretación errada de este y cualquier otro pasaje bíblico puede conducirnos a muchas confusiones, y dejarnos sin entender y obedecer lo que Dios nos dice. Esto nos recuerda la importancia de 2 Timoteo 2:15: “Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad”.

Josué Barrios sirve como coordinador editorial en Coalición por el Evangelio. Posee una licenciatura en periodismo. Vive con su esposa Arianny en Santa Marta, Colombia, y es parte de Iglesia Bíblica Soberana Gracia sirviendo en el discipulado, la enseñanza, y la predicación. Puedes leerlo en josuebarrios.com.

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10 preguntas que hizo Jesús y por qué importan hoy

Aquí hay 10 preguntas que Jesús, Dios en la carne, hizo en las Escrituras y cómo esas preguntas todavía se aplican a nosotros hoy

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A menudo tenemos preguntas de Dios, preguntas como: ¿Dónde estás? ¿Por qué permitiste esto? ¿Qué clase de bien puede salir de esto?

Dios también tiene preguntas de nosotros, no porque no conoce las respuestas. Él sabe todas las cosas. Las preguntas que Dios hizo a lo largo de las Escrituras, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, fueron para hacernos pensar, arrepentirnos y regresar.

La primera pregunta de Dios fue para Adán en Génesis 3: 9: ¿Dónde estás? Todas las otras preguntas que le hizo a la humanidad fueron similares, como para decir: ¿Qué está pasando en tu corazón? ¿A quién escuchas? ¿Qué estás creyendo de mí que no es verdad?

Aquí hay 10 preguntas que Jesús, Dios en la carne, hizo en las Escrituras y cómo esas preguntas todavía se aplican a nosotros hoy:

1. ¿Quién dices que soy?

Mucha gente estaba confundida acerca de la identidad de Jesús. Algunas personas decían que era Elías. Otros decían que era Jeremías o un profeta. Algunos creían que era un buen maestro o un gran mago.

Jesús hizo esta pregunta a sus seguidores en Mateo 16:15, no por su propia afirmación, sino porque quienes creyeron que era, harían toda la diferencia en sus vidas. Quería que fueran capaces de responder a la pregunta con precisión.

¿Quién te dice que Jesús es? ¿Un buen hombre? ¿Un gran maestro? ¿Una de las muchas maneras al cielo? ¿O dices que Él es el camino, la verdad y la vida (Juan 14: 6), como Jesús se describió a sí mismo? Quiero que mi respuesta sea como la de Pedro, según consta en Mateo 16:16: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios viviente”.

O, puede ser más personal, como la declaración de Tomás en Juan 20:28 (pero sin tener que “sentir” a Jesús para saber que Él es real): “¡Mi Señor y mi Dios!”

2. ¿Crees?

Muchas personas vinieron a Jesús pidiendo algo: un milagro, una curación, un almuerzo gratis. Jesús los desafió con esta pregunta para exponer sus motivos. ¿Querían una distribución o realmente creían en quién era Él y qué podía hacer?

Cuando acudimos a Dios con nuestras listas de compras, la pregunta que permanece en el corazón de Jesús es “¿Crees?” Jesús dijo en Mateo 21:22: “Si crees, recibirás todo lo que pidas en oración”. No sea como el doble en Santiago 1: 6-8 que duda y es “como una ola de mar lanzada por el viento”. Que nuestra respuesta a Él sea como la del padre del niño poseído por un demonio que respondió honestamente en Marcos 9:24 : “Sí creo; ¡Ayúdame a vencer mi incredulidad!

3. ¿Quieres estar bien?

Esto pareció una pregunta extraña para que Jesús le preguntara a un hombre que había estado inválido durante 38 años. El hombre había estado acostado junto al estanque de Betesda esperando a ser curado por un Espíritu que ocasionalmente agitaba las aguas. Jesús quiso saber si el hombre sabía lo que quería.

Ese hombre pudo haber estado tan envuelto en su desafortunada situación que se identificó como “el que ha estado aquí por más tiempo” o “el que estuvo peor”. ( Juan 5: 1-15 ).

Cuando nos quejamos a Dios por nuestras circunstancias o le damos excusas a Él por qué seguimos en el mismo lugar, espiritual o emocionalmente, año tras año, tal vez la pregunta que Él todavía apunta a nuestros corazones es: ¿Quieres estar bien? ¿Quieres avanzar espiritualmente? ¿Quieres progresar emocionalmente? ¿Quieres ir a un lugar nuevo donde Dios pueda ser tu todo en todo, no la situación que dejaste que te definiera?

Que nuestra respuesta a su pregunta sea: Señor Jesús, te quiero. Abre mis ojos para verte por quien eres. Abre mis oídos para escuchar tu voz. Sana mis piernas para que pueda seguirte. Sana mi corazón para que pueda amarte más.

4. ¿Por qué tienes tanto miedo?

En Mateo 8:26, Jesús les preguntó a sus seguidores por qué temían que su bote se volcara debido al viento y las olas, especialmente porque Él estaba allí en el bote con ellos. Ciertamente, si el Hijo de Dios estuviera en medio de ellos, llegarían al otro lado del lago.

Tú y yo tenemos a Jesús con nosotros en todas las circunstancias que encontramos. Además, Él ha prometido nunca dejarnos o abandonarnos. (Hebreos 13: 5) Entonces, ¿a qué le tenemos tanto miedo? Quiero que mi respuesta sea Perdóname, Señor, por temer que algo sea más fuerte que Tú o que esté fuera de tu control.

5. ¿Por qué dudaste?

Es fácil creer en Dios cuando estamos pidiendo nuestro pan de cada día y para que Dios bendiga nuestros trabajos y mantenga a nuestras familias a salvo, pero ¿qué pasa cuando Dios te pide que hagas lo imposible? 

Cuando los discípulos de Jesús vieron a Jesús caminando sobre el agua en medio de una tormenta, se aterrorizaron y pensaron que era un fantasma. Entonces, Pedro dijo: “Señor, si es así, dime que vaya contigo al agua” (Mateo 14:26).

Jesús le dijo: “Ven”. La Escritura nos dice: “Entonces Pedro bajó de la barca, caminó sobre el agua y se acercó a Jesús. Pero cuando vio el viento, tuvo miedo y, al comenzar a hundirse, gritó: “¡Señor, sálvame!”. Inmediatamente, Jesús extendió su mano y lo atrapó. “Tú de poca fe”, dijo, “¿por qué dudaste?” (Mateo 14: 29-31)

¿Sigues dudando de Jesús después de lo que lo has visto lograr en las Escrituras y en tu vida? Si Jesús puede caminar sobre el agua, convertir el agua en vino y darte agua viva, seguramente te puede alejar de las aguas que amenazan con sacudir tu bote.

6. ¿Todavía no ves o entiendes?

Jesús probablemente hizo esta pregunta en Marcos 8:17 por frustración. No importaba lo que le vieran hacer, sus discípulos todavía no lo entendían. Jesús acababa de alimentar a cuatro mil personas con siete panes y unos pocos pescados.

Antes de eso, había alimentado a otros 5,000 con solo cinco panes y dos pescados, curó a un hombre sordo y mudo, expulsó a un demonio de una niña con solo decir las palabras y caminó sobre el agua delante de ellos mientras ellos ¡Observado desde un barco tirado por la tormenta! ¿Qué más necesitaban ver para comprender que Él era el Hijo de Dios?

¿Qué has visto hacer a Jesús? ¿Cuántas coincidencias tienes que experimentar para saber que Su mano está trabajando en tu vida y circunstancias? ¿Cuántas veces tiene que pasar por ti financieramente para que confíes en su provisión?

Que nuestra respuesta a su pregunta sea: Abre mis ojos para verte por lo que realmente eres y nunca más dudes de tu presencia, tu poder o tu provisión.

7. ¿También te vas a ir?

Jesús dijo algunas cosas que eran muy difíciles de tragar para la gente de su época. Dijo cosas como: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”, (Juan 6:54, NTV).

La Escritura nos dice: “En este punto, muchos de sus discípulos se dieron la vuelta y lo abandonaron. Entonces Jesús se dirigió a los doce y preguntó: “¿También te irás?” (Juan 6: 66-67)

 Las palabras de Jesús, y muchas de las cartas del Nuevo Testamento, son especialmente difíciles para las personas de hoy. Sus palabras parecían intolerantes, sus ideas radicales, sus declaraciones, a veces, parecían ser críticas.

8. ¿Qué dicen las Escrituras?

Las Escrituras nos dicen en Lucas 10: 23-28 que un experto en la ley se puso de pie para probar a Jesús y le preguntó qué debía hacer para heredar la vida eterna. Jesús respondió a la pregunta haciendo una pregunta al líder religioso: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lo lees? “Cuando el hombre citó el Mandamiento Más Grande, Jesús respondió:” Haz esto y vivirás”.

La Escritura es nuestra única autoridad hoy. Se lo conoce como la Palabra viva de Dios y 2 Timoteo 3: 16-17 nos dice que “Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñar, reprender, corregir y entrenar en la justicia, para que el siervo de Dios sea completamente equipado para todo buen trabajo”.

Cuando estás en una situación difícil, cuando tienes que elegir entre ofender a otra persona u ofender a Dios, cuando tienes que dibujar una línea en la arena, en lugar de preguntar “¿Qué haría Jesús?” Y tomar la mejor decisión, pregunta en cambio, “¿Qué dicen las Escrituras?” Después de todo, eso es lo que Jesús diría si le preguntara qué haría.

9. ¿Quién me tocó?

En un lugar lleno de gente, donde la gente se cepillaba por todos lados, Jesús hizo esta pregunta, no porque no sabía quién lo había tocado, sino porque quería que todos los demás supieran.

Jesús estaba bien al tanto de la mujer que había estado sufriendo una hemorragia durante 12 largos años y había gastado hasta el último centavo que tenía tratando de curarse, pero solo empeoró.

Él sabía que ella estaba desesperada por ser curada. Sabía a qué se arriesgaba ella al salir en público y tocar a un rabino, lo que, según la ley judía, lo haría ceremoniosamente impuro. Jesús hizo la pregunta porque quería que ella hablara. Quería que se contara su historia.

En Marcos 5:33, leemos, “entonces la mujer, sabiendo lo que le había sucedido, vino y cayó a sus pies y, temblando de miedo, le contó toda la verdad”. Ella contó su historia en público. Todos allí de repente sabían quién era ella, cuál había sido su condición y cómo se había curado simplemente tocando la prenda de Jesús.

¿Has experimentado el toque sanador de Jesús? ¿Te ha perdonado y te ha dado una nueva oportunidad de vida? Luego cuenta su historia para que Dios sea glorificado.

10. ¿Me amas?

Jesús le pidió esto a Pedro, no una, sino tres veces, después de que su discípulo, quien afirmó ser el más leal del grupo, negó públicamente haber conocido a Jesús la noche de su arresto y crucifixión. Jesús hizo esta pregunta tres veces como un regalo a Pedro. Le dio la oportunidad de reafirmar tres veces su amor por su Señor, después de haberlo echado a perder unos días antes. (Juan 21: 15-17).

Nunca es demasiado tarde para reafirmar tu amor por Él. Jesús dijo en Mateo 22:37 que el mandamiento más grande es “Amar al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente”.

Su pregunta a Pedro penetra en nuestros corazones diariamente cuando nos enfrentamos a una elección: ¿Lo seguiremos a Él o al mundo? ¿Él o nuestro dinero? ¿Él u otro amor? ¿Me amas? Cómo deseo que mi respuesta sea: Sí, Señor, más que nada. “Quien tengo en el cielo, pero tú y la tierra no tienen nada que yo desee además de ti”, (Salmo 73:25).

Cindi McMenamin es una oradora estadounidense y escritora premiada que ayuda a las mujeres y parejas a fortalecer su relación con Dios y con los demás. Es autora de más de una docena de libros que incluyen Cuando las mujeres caminan solas (más de 130,000 copias vendidas), Cuando Dios ve tus lágrimas, Cuando una mujer supera las heridas de la vida, sin drama.


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10 cosas importantes que la Biblia dice acerca de la muerte

Más que eso, la realidad de la muerte puede señalar la increíble esperanza que tenemos en Cristo.

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Muerte. La misma palabra puede desencadenar imágenes de la oscuridad, hombres y mujeres de negro, de dolor y, para algunos, miedo. Pero Dios no quiere que vivamos con miedo ni derrota.

Quiere que vivamos, y que muramos, con la confianza de saber que pertenecemos al Rey resucitado y victorioso que venció a la muerte cuando murió en la cruz y se levantó de la tumba.

Más que eso, la realidad de la muerte puede señalar la increíble esperanza que tenemos en Cristo. Cada angustia y lucha en la tierra nos puede acercar más a nuestro Salvador, centrarnos más en sus verdades y motivarnos a participar en conversaciones transformadoras con los demás. Que todos aprendamos a decir: “Vivir es Cristo y morir es ganancia” (Fil. 1:21).

Aquí hay 10 verdades que la Escritura revela con respecto a la muerte:

1. No es el final

Algunos creen que una vez que morimos, simplemente dejamos de existir. Afirman que la conciencia humana surge gradualmente a medida que el cerebro se desarrolla y se deteriorará lentamente o simplemente cesará.

 La Biblia, sin embargo, dice diferente. Las Escrituras enseñan que mientras nuestros cuerpos físicos actuales se descompondrán, nuestras almas vivirán para siempre, ya sea en la presencia de Dios o eternamente separadas de Él.

En Mateo 25, después de compartir dos parábolas diseñadas para revelar las realidades con respecto al reino de Dios, Jesús habló sobre un momento en el que separará a las “ovejas de las cabras”. Los declarados justos a través de su sangre recibirán la vida eterna, mientras que los que lo rechazaron “irán al castigo eterno”, (Mateo 25:45).

En otras palabras, la eternidad lo espera todo, aunque nuestro destino final puede parecer muy diferente.

2. No tenemos que temer a la muerte

Dios nunca quiere que nosotros, sus amadas creaciones, vivamos con miedo, incertidumbre o confusión. En Cristo, Él nos ofrece un destino seguro, glorioso y lleno de alegría; un futuro libre de dolor, pena y enfermedad. Esta invitación está abierta a todos los que no confían en sí mismos o en sus buenas obras, sino en Jesús y en el precio que pagó.

Cuando creemos que Cristo es quien dice que es, el Hijo de Dios sin pecado, e hizo lo que dijo que hizo, murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos: las Escrituras dicen que recibimos entrada al cielo.

Se nos otorga una intimidad relacional sin trabas con nuestro Salvador. El que tiene el universo en su mano sostiene nuestras vidas, ahora y para siempre, también. Esto significa que, cuando nuestros cuerpos fallan y la enfermedad invade, podemos descansar sabiendo que estamos seguros en el amor inquebrantable de Dios.

3. No todos van al mismo lugar

De acuerdo con las Escrituras, cada uno de nosotros irá a uno de dos lugares una vez que muramos. Aquellos que han confiado en Cristo para la salvación serán inmediatamente conducidos a su presencia, donde permanecerán por toda la eternidad. Sin embargo, aquellos que lo han rechazado y su oferta de gracia pasarán el infierno en la eternidad.

El infierno no es un lugar del que nos guste hablar o leer, pero Jesús, el Único que ofrece la vida eterna, abordó este tema en más de una ocasión.

Nos dijo que es un lugar de oscuridad y de fuego, poblado por los malvados y rebeldes. Con cada parábola y declaración, es como si Él nos ofreciera una advertencia: “Hay muerte” y, en este contexto, eso significa la separación de Dios, “y la vida”. Elige la vida”.

¿Qué pasa si nuestra angustia interior con respecto al infierno apunta al corazón de Dios? La Escritura es clara: Dios es un Padre amoroso que no quiere que nadie perezca. “Como vivo’, declara el Soberano Señor, ‘no tengo placer en la muerte de los impíos” (Ez. 33:11). De lo contrario; Dios ama a toda su creación y el cielo se regocija cuando un solo pecador reconoce su necesidad de Jesús y se vuelve a él.

4. Porque Jesús venció a la muerte, nosotros también.

Dios originalmente creó el mundo libre de pecado y muerte. Cuando la humanidad se rebeló contra Él (Gén. 3), rompimos nuestra relación con Dios Padre y la maldición de la muerte y el pecado comenzó a gobernar. Cuando Jesús murió en la cruz por nuestros pecados, Él rompió el poder de ambos, y “ya que nos hemos unido con Él en su muerte” a través de la fe, “también seremos resucitados como Él lo fue”, ( Rom. 6: 5 ).

Jesús demostró esta verdad inmutable cuando salió de la tumba, vivo. Esto significa que, aunque nuestros cuerpos físicos dejarán de funcionar, nuestras almas entrarán inmediatamente en la presencia de Dios.

Más tarde, cuando Cristo regrese, nuestras almas se reunirán con nuestros cuerpos físicos, luego “glorificados”, que serán resucitados de entre los muertos.

5. La muerte espiritual es la separación de Dios

Es fácil leer las definiciones modernas de palabras e ideas para conceptos y situaciones en el texto bíblico. Esto ocurre a menudo cuando alguien piensa en la muerte. Para nuestra forma de pensar, la muerte significa el fin de algo y el cese completo de la vida. Sin embargo, en las Escrituras, la muerte significa principalmente separación: separación del espíritu del hombre de su cuerpo y del hombre de Dios.

Por ejemplo, las Escrituras revelan que nuestros cuerpos físicos eventualmente dejarán de funcionar y comenzarán a decaer. Nuestras almas, sin embargo, son eternas. Por lo tanto, una vez que ocurre la muerte cerebral, nuestros cuerpos y almas se separan.

De manera similar, la muerte espiritual, causada por el pecado, separa al hombre de su Creador. Cuando recibimos la vida eterna, nuestra relación con Dios es restaurada. Sin embargo, aquellos que no confían en Dios para la salvación permanecen en la muerte, separados eternamente de Él y, por lo tanto, todo el amor, la bondad y la justicia que se derivan de Él. Esto es el infierno.

6. No tenemos que morir solos

Una vez que confiamos en Cristo para la salvación, nuestra relación con Él se restaura, para que nunca más se rompa. Él hace su hogar dentro de nosotros, nos rodea, camina a nuestro lado y nos convertimos en uno con él.

Por lo tanto, a partir de ese momento, nunca estamos y nunca estaremos solos. En Cristo, la presencia de Dios nos rodea completamente.

Este fue el mensaje que Jesús estaba tratando de transmitir a sus discípulos la noche antes de morir. “[El Padre] te dará otro abogado para ayudarte y estará contigo para siempre, el Espíritu de verdad”, que es el Espíritu Santo. “Tú lo conoces, porque Él vive contigo y estará en ti. No os dejaré huérfanos; Vendré a ti. … En ese día, te darás cuenta de que estoy en mi Padre, y tú estás en mí, y estoy en ti “(Juan 14:17 b-20).

Aunque otros, tal vez incluso los más cercanos a nosotros, pueden abandonarnos o rechazarnos, Cristo nunca lo hará. Cuando termine nuestro tiempo en la tierra, Él nos llevará al paraíso donde experimentaremos su amor y presencia a una profundidad inimaginable para nuestras mentes finitas.

7. La muerte nunca fue la intención de Dios

Las Escrituras nos dicen que Dios diseñó a los humanos para que vivieran eternamente en una relación profunda con Él.

Él creó el resto del universo por un mero mandato, hablando de estrellas, planetas y océanos. Pero cuando se trataba del hombre, la participación de Dios era mucho más directa e íntima.

“Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en sus narices el aliento de la vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo” (Gen. 2: 7). El Salmo 139 nos dice que Él unió nuestro ser más íntimo, que Él nos conoce plenamente y “busca” nuestras profundidades. Todos estos pasajes hablan de un Padre y Creador amoroso profundamente involucrado con su creación.

Aunque el pecado de la humanidad trajo la muerte, la separación de Dios, esta nunca fue la intención de Dios. Él nos creó para la vida. La vida con él.

8. El pecado no siempre reinará

Cuando vemos nuestro mundo, con toda la ira, el odio, la agitación política y las guerras, podemos sentir que el mal está ganando y siempre lo hará. Pero las Escrituras prometen que esto no es verdad. Un día, Jesús regresará, el pecado será desterrado de su presencia para siempre, y Él hará todas las cosas bien.

Apocalipsis 21: 4 promete: “Él limpiará cada lágrima de sus ojos. No habrá más muerte, ni luto, llanto ni dolor, porque el viejo orden de las cosas ha pasado”. Que esta verdad nos brinde esperanza y paz mientras soportamos todo el caos en nuestro mundo roto.

9. Lloramos con esperanza

Cuando perdemos a un ser querido, podemos sentir como si una parte de nosotros ha sido llevada con ellos. Lamentamos los momentos que ya no podremos compartir y los sueños o deseos que nunca se podrán realizar.

Aunque este dolor es real y profundo, si nuestros seres queridos pertenecen a Jesús, nuestra tristeza siempre está teñida de la certeza de que algún día los volveremos a ver.

La Escritura promete esto y la muerte y resurrección de Jesús lo probaron. “Porque creemos que Jesús murió y resucitó, y por eso creemos que Dios traerá con Jesús a los que se han dormido en Él” (1 Tes. 4:14).

Esto significa que, para aquellos en la familia de la fe, nuestras despedidas nunca son realmente despedidas, sino que esperamos vernos de nuevo.

10. El cielo será mejor que cualquier cosa que podamos imaginar

He experimentado algunas cosas increíbles. He visitado el Gran Cañón, Hawai y Yosemite. He disfrutado de Disney Land con mi hija. He comido suficiente helado de todas las variedades para llenar numerosos congeladores, pero todas estas experiencias son pálidas en comparación con lo que les espera a los seguidores de Cristo en el cielo.

De hecho, el cielo será mejor que todos los placeres terrenales combinados a lo largo del tiempo. Con respecto a esto, la Biblia dice: “Lo que ningún ojo ha visto, lo que no ha oído el oído, y lo que ninguna mente humana ha concebido, son las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman”, ( 1 Co. 2: 9 ).  

La muerte física es inevitable en este lado del cielo, pero esta nunca fue la intención de Dios para su creación amada. Tampoco es aquí donde Él desea que permanezcamos. En Cristo, Él nos ofrece la vida, para experimentar, a través de la relación con Él, todas las bendiciones maravillosas, buenas y maravillosas que Él ha planeado para nosotros. Él quiere rodearnos en su amor, desde ahora a la eternidad, y al hacerlo, arroja todo el miedo.

Debido a la muerte y resurrección de Cristo, nosotros, su amado, podemos decir con confianza: “¿Dónde, oh muerte, está tu victoria? ¿Dónde, oh muerte, está tu aguijón? El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. ¡Pero gracias a Dios! Él nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”, (1 Cor. 15: 55-57).   

Jennifer Slattery es una escritora, editora y oradora que se ha dirigido a grupos de mujeres, grupos religiosos, estudios bíblicos y escritores en todo EE.UU.


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3 mentiras que los cristianos creen acerca de los Diez Mandamientos

Algunos afirman que nosotros, los creyentes, morimos por una parte de la Ley, pero aún estamos bajo los Diez Mandamientos.

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Por lo tanto, hermanos míos, ustedes también fueron obligados a morir a la Ley a través del cuerpo de Cristo, para que puedan unirse a otro, a Aquél que resucitó de los muertos, para que podamos dar fruto para Dios (Romanos 7).: 4, New American Standard Bible).

En la salvación, morimos espiritualmente con Jesús. Como resultado, morimos a la vida basada en la ley y nos unimos al Cristo resucitado. Así es como fructificamos para Dios.

MENTIRA # 1: Los cristianos están libres de parte de la ley, pero no toda la ley.

Algunos afirman que nosotros, los creyentes, morimos por una parte de la Ley, pero aún estamos bajo los Diez Mandamientos.

¿Es esto cierto?

Es relativamente fácil aceptar que las reglas sobre la carne de cerdo y mariscos y los lavados ceremoniales no se aplican a los cristianos de hoy. Pero es mucho más difícil dejar de lado los Diez Mandamientos como nuestra “fuente” o “guía” para la vida diaria.

Muchos argumentan que cuando Pablo dice que estamos muertos a la ley y no bajo la ley, está excluyendo la ley moral (los Diez Mandamientos). Pero en Romanos 7, vemos que el argumento desaparece del agua:

No habría sabido de codiciar si la Ley no hubiera dicho: “No codiciarás”. Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. (Romanos 7: 7 b – 8).

La preocupación de Pablo aquí es su codicia y su incapacidad para obedecer la orden, “No codiciarás”. Obviamente, la orden codiciosa es uno de los Diez Mandamientos.

Entonces, aquí, Pablo se está refiriendo a la ley moral, y nos señala que el pecado toma oportunidad a través del mandamiento. ¿Qué mandamiento? El mandamiento de la codicia, por supuesto. En otras palabras, si usted vive bajo los Diez Mandamientos, ¡le está dando al pecado la oportunidad de prosperar en su vida!

Y note la solución de Pablo a su problema de codicia: “porque sin la ley el pecado está muerto” (Romanos 7: 8).

Pablo nos está instruyendo para que nosotros, como creyentes, tengamos que vivir separados de la Ley (que aquí incluye los Diez Mandamientos) para encontrar una verdadera victoria sobre el pecado, necesitamos confiar en el Cristo que mora en nuestras luchas, ya sean codicias, mentiras, lujuria o cualquier otra cuestión moral.

Por lo tanto, es no “más Moisés”. ¡Para el creyente, es Jesús, y nada más, 100 por ciento natural, sin aditivos!

Ahora, si te pone nervioso como cristiano aflojar tu control sobre los Diez Mandamientos, considera esto: ¿Realmente crees que el Espíritu de Dios alguna vez te llevaría a mentir o cometer adulterio o asesinar a alguien de todos modos? ¡Por supuesto que no!

Así que aquí está la conclusión: Los Diez Mandamientos no son la fuente de nuestra moralidad. Y los Diez Mandamientos tampoco son el objetivo de la vida cristiana. Conocer a Cristo es la fuente, y conocer a Cristo es la meta (Filipenses 3: 8).

El subproducto natural de conocer a Jesús es que daremos el fruto de su Espíritu, que incluye el autocontrol. Por lo tanto, confiar solo en Jesús puede y nos guiará hacia una vida recta y piadosa que agrada a Dios de una manera que la vida bajo los Diez Mandamientos nunca podría.

MENTIRA # 2: Los Diez Mandamientos son la manera gloriosa y mejor de Dios

Hay aún más claridad en el tema de la ley moral. En 2 Corintios, Pablo nos dice que los Diez Mandamientos, un ministerio grabado en piedra, es un “ministerio de la muerte” y un “ministerio de condenación” que “no tiene gloria” ahora comparado con Cristo.

Ministerio del nuevo pacto

Y si el ministerio de muerte grabado con letras en piedras fue con gloria, tanto que los hijos de Israel no pudieron fijar la vista en el rostro de Moisés a causa de la gloria de su rostro, la cual había de perecer, ¿cómo no será más bien con gloria el ministerio del espíritu? Porque si el ministerio de condenación fue con gloria, mucho más abundará en gloria el ministerio de justificación. Porque aun lo que fue glorioso, no es glorioso en este respecto, en comparación con la gloria más eminente. ( 2 Corintios 3: 7-10 ).

Sólo diez de los requisitos de la Ley estaban grabados en piedras: los Diez Mandamientos. Entonces, aquí Pablo se refiere claramente a la ley moral, los Diez Grandes. Entonces, ¿por qué querríamos mantenernos firmemente en un ministerio que ahora no tiene gloria en comparación con lo que Jesucristo nos ha traído en el nuevo pacto, un ministerio de justicia?

MENTIRA # 3: Los cristianos no pueden definir el pecado sin los Diez Mandamientos

Una pregunta frecuente es: “Sin la Ley, ¿cómo podemos definir el pecado en la vida de un creyente?”. Esa pregunta merece otra: ¿Te puedes imaginar cómo sería definir realmente el pecado usando la Ley hoy? Habría 613 sabores de pecado. Comer cerdo o marisco sería un pecado. Sentarse en una silla “sucia” sería un pecado. Enviar correos electrónicos de trabajo de la noche del viernes sería un pecado. El cuidado del césped del sábado sería un pecado. Ni siquiera nos damos cuenta de lo que estamos pidiendo cuando pensamos que necesitamos la Ley para definir el pecado para nosotros como creyentes.

La vida vivida por el Espíritu está lejos de ser nebulosa. El Nuevo Testamento está lleno de instrucciones sobre las actitudes y acciones que Cristo está trabajando en nosotros. Y si hay alguna duda, Pablo nos recuerda que “todo lo que no proviene de la fe [en Jesucristo] es pecado” (Romanos 14:23).

Por lo tanto, no hay necesidad de ir a cavar a través de Levítico para buscar definiciones aleatorias y escogidas del pecado para el creyente de hoy.

Sí, toda la Biblia es la Palabra inspirada de Dios desde el Génesis hasta el Apocalipsis, pero el contexto importa. Debemos leer el Antiguo Testamento con nuestras “gafas del Nuevo Pacto”, ya que somos guiados por el Espíritu y no bajo la Ley (Gálatas 5:18).

¿No es Jesús suficiente?

La ley y la conciencia son perfectas para condenar a los incrédulos de su esclavitud al pecado y su necesidad de Jesús (1 Timoteo 1: 8-10). Y mientras estábamos bajo la ley, también experimentamos el pecado “de toda clase”.

Pero ahora, como creyentes del Nuevo Testamento, estamos diseñados para vivir separados de la ley. (Romanos 7: 8). Como creyentes, morimos a la Ley —incluidos los Diez Mandamientos— para que podamos “dar fruto para Dios” (Romanos 7: 4).

Tenemos a Jesucristo morando dentro de nosotros. Él es más que suficiente para inspirarnos, y su gracia es digna de nuestra confianza.

Porque la gracia de Dios ha aparecido, trayendo la salvación a todos los hombres, instruyéndonos a negar la impiedad y los deseos mundanos y a vivir con sensatez, rectitud y piedad en la era actual (Tito 2: 11-12, NASB).

Adaptado del nuevo libro de gran éxito ” Escritura retorcida: 45 mentiras que los cristianos les han sido contadas” por Andrew Farley.


Publicado en: NOTICIACRISTIANA.COM – Entérate diariamente de todas las noticias cristianas evangélicas.


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